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El niño se acercó lentamente hacía el lugar donde había visto al ciervo. El bosque no era muy espeso y esto hacía que la visión no se viera tan perturbada por maleza y si bien la nieve complicaba el tránsito, en un corto lapso de tiempo lo tuvo nuevamente a la vista, pero esta vez, solo se encontraba a una distancia de poco más de un tiro con lanza.
Se detuvo para observarlo con detenimiento y detrás de él, el enorme lobo. Sharm, que en verdad era una loba, lo seguía como siempre a todos lados. Si bien ahora era realmente enorme, cuando la encontró, hacía ya dos inviernos atrás, era tan solo un cachorro recién nacido que entraba en sus pequeñas manitos.
En esa oportunidad se encontraba recorriendo el bosque, como lo solía hacer casi todos los días, junto a su hermano mayor Caarión en busca de madera para el hogar, no muy lejos de su aldea. Ese invierno había sido particularmente duro y no era raro ver restos de animales atacados por los lobos, como así tampoco era raro ver manadas de lobos acercándose realmente mucho a los hombres en busca de comida.
Él se había alejado un poco de su hermano en busca de madera y de repente se encontró con la escena, una loba herida de muerte se encontraba bajo un árbol y junto a ella había pequeños bultos que pronto descubrió que eran sus crías. Alrededor de la escena había sangre por todos lados y enseguida pudo intuir lo que había pasado. Algunos de los lobos, ya demasiado hambrientos por haber pasado días y hasta semanas sin comer, habían decido ir contra los indefensos cachorros y ella, que no estaba dispuesta a cederlos, los defendió con su vida. Por lo visto ella había sido demasiado para los otros, era una loba realmente grande, o tal vez los otros lobos pensaron que no valía la pena arriesgarse y se habían retirado, por lo menos de momento.
Se acercó lentamente hacia el árbol donde se encontraba y la loba que apenas tuvo fuerza para levantar la cabeza y sacar un pequeño gruñido como diciéndole que sabía que él estaba ahí. En su panza había cinco cachorros, de apenas unos pocos días, y todos salvo uno estaban muertos. Se aproximó un poco más y vio como la loba intentaba ponerse de pie, pero sus fuerzas ya casi se habían ido del todo y se quedó sin lograrlo, en cambio movió su hocico hacia donde se encontraba el cachorro que aún estaba vivo y llorando, y lo lamió como para tranquilizarlo. El cachorro dejó de llorar al instante y luego ella lo movió con su hocico.
Él se acerco aún más, esta vez a una distancia que casi la podía tocar con el pie. Fue ahí cuando se escucharon los aullidos de una manada de lobos que parecía acercarse. La loba gruño a los aullidos y luego pasó su vista desde su cría al niño que se encontraba parado a su lado y él la entendió, le pidió a su modo que protegiera a su retoño.
Para ese entonces, su hermano mayor lo estaba buscando para irse, porque él también había escuchado a los lobos y sabía que era peligro estar deambulando con una manada hambrienta cerca de ellos. Llegó justo para ver la escena, estaba a punto de decirle a su hermanito que se alejara cuado vio como la loba observaba a su hermano. El pequeño se acerco más, y tomo del piso a un pequeño lobezno, la loba miro por última vez al pequeño y con su mirada parecía agradecida, como sabiendo que su cachorro por fin iba a estar a salvo, luego recostó su cabeza y ya no la volvió a levantar. El niño giró, con el lobezno entre sus manos y vio como su hermano lo observaba un poco asombrado y otro tanto desconcertado. Jamás había escuchado y menos visto que un lobo tratara con un hombre y mucho menos que una loba ofreciera a su última cría. El niño se acerco a su hermano mayor, le enseño lo que tenía en sus manos y le dijo:
_Este es Sharm, su protegido.
_Si que es Sharm, tu protegido –Le contestó su hermano.
La historia, que luego contaron en la aldea, se tomó como un buen augurio para todos. El pequeño había trabado relación con una loba y esta, en su lecho de muerte, le había dado lo más preciado para ella. Fue así como el pequeño que se ganó un nombre a una muy temprana edad, algo que lo hacía muy especial, ya que la mayoría se lo ganaba al momento de convertirse en hombre. Se lo llamó Darion at Tumat, el elegido de la fiera.
Y desde ese momento Sharm nunca se separó del pequeño, andaba, comía y dormía junto él. Con el tiempo creció y se convirtió en una enorme loba, probablemente la más grande que jamás se hubiera visto por la zona, era tan grande que hasta superaba el tamaño de los lobos macho. Solo obedecía órdenes de una sola persona, su pequeño amo, a quien protegía por sobre todas las cosas. No eran muchos los que se animaban a acercarse al pequeño cuando Sharm estaba cerca y mucho menos intentar de molestarlo, Sharm mostraba los dientes y observaba al hostigador en espera de una orden de su amo, pero esa orden generalmente no llegaba. El pequeño ponía su mano en la cabeza de la loba, le pedía que se calmara y ella obedecía.
Ahora se encontraba, como de costumbre, acompañando a su pequeño amo y vedando por su seguridad. El niño miro a la loba y en un tono bajo le dijo:
_De esto me tengo que encargar yo solo Sharm- quien miró al niño como entendiendo lo que le decía. Tú ve por allá –y le indicó para que se fuera por el costado.
Cuando la loba comenzó a marcharse, él comenzó el recorrido hacia su presa.